Hoy cumple un aniversario dantesco. El sargento Libio José Martínez lleva trece años cautivo, en condiciones infrahumanas. Ningún otro ser humano ha sufrido un secuestro tan largo.
Las FARC le raptaron el 21 de diciembre de 1997, tras el asalto a la Estación de Comunicaciones del Ejército, en el cerro de Patascoy (Nariño), el sureste de Colombia. Tenía 21 años de edad y su novia de entonces esperaba un hijo.
Johan Steven, que nacería tres meses después, el 24 de marzo de 1998, el mismo día en que los Martínez recibieron la primera prueba de vida, ha protagonizado todo tipo de iniciativas para que la banda terrorista libere a su progenitor.
Conforme a los relatos de otros ex rehenes, las FARC mantienen encadenados las 24 horas a los militares y policías en su poder.
Apenas les dan medicinas para las graves enfermedades que padecen como paludismo o leishmaniasis, les someten a caminatas extenuantes, duermen en cualquier lado, les castigan por nimiedades a sufrimientos adicionales como quitarles la radio durante meses, su único contacto con el exterior, y en todo momento les amenazan con asesinarles a sangre fría ante cualquier intento de rescate.
Además, sus familias pasan años sin saber nada de ellos porque las FARC a veces demoran hasta un lustro o más el envío de pruebas de supervivencia.
El padre del cabo, José Fidencio Martínez, un humilde campesino, falleció el 30 de agosto de 2010 embargado por una honda tristeza. Muy enfermo por un corrosivo cáncer de estómago, había suplicado a la guerrilla que le dejaran abrazar a su hijo antes de morir.
Llevaba dos años en el Ejército
Martínez había ingresado al Ejército un par de años antes de su secuestro, pero visitaba a su familia y a su novia cada vez que tenía un permiso.
La última prueba de vida la enviaron sus captores en 2009. Ya no era un joven con cara de niño que estaba orgulloso de vestir el uniforme militar, sino un adulto envejecido, muy delgado y calvo.
Aquel trágico 21 de diciembre, unos cien guerrilleros atacaron la base y mataron a 22 uniformados y secuestraron a 18. En el 2001 dejaron regresar a sus casas a los soldados rasos y se quedaron con los suboficiales Martínez y Pablo Emilio Moncayo. A éste último le liberaron en marzo de este año.
Johan Steven, un niño de doce años muy despierto y alegre pese a su drama, ha recorrido a pie cien kilómetros, encabezado un sinnúmero de manifestaciones para pedir la libertad de todos los secuestrados y, en especial, la de su padre a quien envía mensajes de aliento por las emisoras de radio. Vive en Pasto, capital de Nariño, con su madre, Claudia, que trabaja en un hospital en el turno de noche, y con sus abuelos maternos.
Pese a que las FARC nunca le han demostrado un ápice de sensibilidad ni misericordia, jamás deja de soñar en que la siguiente será la última Navidad que celebre sin la presencia de su progenitor a quien considera su héroe. Pero sólo el milagro de un rescate permitirá al cabo estar con los suyos antes de que acabe el año.
El grupo terrorista anunció hace unas semanas la liberación de cinco secuestrados el año próximo, como un gesto de solidaridad con la ex senadora Piedad Córdoba, a quien la Procuraduría de la Nación le quitó su escaño por sus presuntos nexos con las FARC. Pero entre ellos no figura ni Martínez ni ninguno de los otros diecisiete policías y militares con más de diez años de cautividad a sus espaldas. El Mundo