domingo, 20 de fevereiro de 2011

La victoria de 'Triángulo de Hess', la derrota de una bohemia perdida

En el West Village de Nueva York se encuentra un minúsculo triángulo que rara vez perciben los ojos de turistas y lugareños. Tan sólo sus pisadas y el ambiente desgastan este mosaico, paradigma de la victoria individual contra el poder del Ayuntamiento de la ciudad durante los primeros años del siglo XX. Se trata del 'Triángulo de Hess' y en él se puede leer la siguiente inscripción: 'Propiedad de Estado de Hess nunca dedicada a fines públicos'.
David Hess era el propietario de Voorhis, un edificio de apartamentos que se erigía en la intersección de Christopher Street y la Séptima Avenida. En 1910, la ampliación de la línea de metro obligó a 300 propietarios a ceder sus terrenos al Ayuntamiento, que los demolió alegando que la utilidad del terreno se dedicaría a fines públicos.
Su lucha para preservar el edificio ante los tribunales tan sólo sirvió para que Hess se sintiera ultrajado y ridiculizado. Tras perder el juicio en 1914,lo único que quedó del bloque de apartamentos Voorhis fue un pequeño triángulo de poco más de un metro cuadrado.
Cuando las autoridades le instaron a que donara el minúsculo emplazamiento con el fin de poder extender la acera para la comodidad de los peatones, Hess se negó en rotundo. Su orgullo era lo único que le quedaba después de la demolición y no dudó en mantenerlo hasta el final.
Logró preservar su metro cuadrado de propiedad, que durante algunos años fue la más pequeña de Nueva York. En 1938, la tienda de tabacos, que en la actualidad se encuentra a centímetros del 'Triángulo de Hess', compró el emplazamiento por 1.000 dólares.
La longevidad del 'Triángulo de Hess' supone el tatuaje urbano de esta pequeña victoria de los derechos individuales contra el poder ejercido por los gobernantes de la ciudad y, aunque hoy en día este hecho pase desapercibido, no deja de ser un triunfo que otros no han podido conseguir.

Demolición de una bohemia perdida

Peor suerte ha tenido otro emplazamiento cuya trayectoria se ha esfumado a golpe de muros derribados. Los estudios que durante más de un siglo dotaron de carácter el Carnegie Hall, una de las salas de conciertos más emblemáticas de Manhattan, fueron demolidos hace unos meses.
Construidos a conciencia en la cima del enorme teatro durante los tiempos en los que Hess aún no temía por el futuro de su edificio, sirvieron para desarrollar todas las artes posibles. La luz era la piedra angular de los enormes espacios utilizados por pintores, cantantes, fotógrafos, escuelas de teatro y danza, entre otras disciplinas.
Si ponemos nombre y apellidos, sabremos que el Actor´s Studio desarrolló su actividad en aquellos estudios, lo mismo que la Compañía de Ballet de Nueva York. Marilyn Monroe o Marlon Brando se cruzaban en los pasillos con anónimos artistas que hasta hace poco menos de un año aún vivían allí.
Judy Garland cantaba en el tejado de este núcleo artístico donde se coció la bohemia desinteresada y triunfadora. María Callas tosía durante los duros inviernos al tiempo en que un fotógrafo del New York Times le ponía una bufanda y la invitaba a una taza de té.
Aquella bohemia se perdió cuando el alcalde de Nueva York y fiel defensor de las artes, Michael Bloomberg, decidió que los estudios de Carnegie Hall serían sustituidos por escuelas de arte, música y danza para niños. Ése fue el argumento esgrimido, aunque la realidad se ha vestido de oficinas privadas que han ocupado el lugar de una bohemia ya perdida. Los que allí quedaban (una gran mayoría son octogenarios que llevan más de 50 años viviendo o desarrollando su actividad en aquellos estudios), han perdido todo lo que tenían, a pesar de la lucha librada durante años. Pero ésa es otra historia. El Mundo